Se asomó a la ventana y vio que nadie había ido a despedirle. Los besos descansaban en la almohada, los abrazos encima de la cama y las caricias no paraban quietas. Nada de esto estaba allí, en ese andén. No estaban, porque no estaba ella. La más bonita, la más bella, así era ella. Nada más acordarse de como esos ojos le miraron por última vez, no pudo evitar una lágrima. Esa lágrima le recordó que las heridas se curan, pero no se olvidan. Que las cosas pasan como él paso por su vida, dejando un soplo de aire.
Se cierran las puertas, el tren se pone en marcha. Le estoy mirando fijamente, no sabe todo lo que sus ojos transmiten.
“Tengo miedo de que aunque no regreses conmigo no te vayas jamás de mi.”

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